La Academia Man-Par

17.12.2019


La Academia Man-Par fue mi colegio y el de muchos niños de La Taxonera. Allí aprendimos valores y conocimientos que nos sirvieron para desarrollarnos como personas. Su artífice “el profe”.

Manuel Paricio Benedicto nació en El Maestrazgo, una comarca aragonesa situada al este de la provincia de Teruel, sus padres, labradores de vocación y profesión, supieron a temprana edad de Manuel que el hijo no quería seguir los pasos del resto de sus hermanos y trabajar la tierra. Así que, decididos a darle una formación que allí no podía recibir, llegó a Barcelona con once años para seguir los estudios en un internado. Pese a que en aquella época la carrera de Magisterio no tenía mucha proyección, él tenia claro lo que le gustaba y siguió adelante con sus estudios, muy a pesar del dicho aquel que decía “pasarás más hambre que un maestro de escuela”. Doy las gracias por su persistencia, ya que así tuvimos muchos niños de la Taxonera la suerte de que fuera nuestro profesor, “el profe” para siempre.

Según me cuenta tomando un café con otras ex-alumnas, cuando llegó al barrio no existía ninguna escuela más que la de Don Tomás. No recuerda que tuviera nombre alguno más que ese, situada entre La Residencia y el Orfelinato Ribas (actualmente denominados Hospital de Vall d’Hebrón e Institut Vall d’Hebrón). Las calles estaban sin asfaltar, y cuando llovía se convertía todo en un lodazal, pero en la C/ Besós, en el número 12 exactamente le ofrecieron un local en régimen de alquiler, y vio la oportunidad para seguir con su ilusión de tener una escuela. Junto a su mujer Júlia, la querida Srta. Júlia, que también hacía las tareas de administrativa comenzó la andadura de la Academia Man-Par.

Los inicios fueron difíciles, eran tiempos complicados para todos. Barcelona estaba acogiendo a muchos inmigrantes del resto del país, llegaban gallegos, extremeños y andaluces al barrio, familias enteras, incluso pueblos como el de Cabra del Santo Cristo, de la provincia de Jaen. La mayoría se empleó en la construcción o en fabricas. Las familias, queriendo dar unos estudios que ellos no tenían a sus hijos, se esforzaban trabajando horas extras para pagar el colegio, algo que me recuerda con muchísima gratitud “el profe”.

Recuerda con cariño a Francesc Lladós, párroco de la iglesia Sant Cebriá. Codo a codo preparaban las comuniones de la escuela con el esfuerzo que conllevaba en aquellos tiempos. El mossén, como es natural, era muy riguroso con las homilías y se encontraba muchas veces que la gente no guardaba el debido silencio o entraban en la iglesia interrumpiendo las ceremonias. Incluso me comenta: “A veces me decía…Manuel…ponte en la puerta y no dejes que entre nadie más…” mientras sonríe y cierra los ojos.

Hablamos de las aulas, (recuerdo los pupitres de madera, la gran pizarra al fondo y el color verde claro de sus paredes) los más pequeños tenían la clase en el piso inferior, y conforme íbamos creciendo subíamos de planta. Aquel cuadro de honor que estaba en el vestíbulo, y que siempre estaba repleto de fotos porque para “el profe” cualquier pequeño logro de sus alumnos era un gran éxito.. Recuerdo como si la viera ahora la mía..una niña de unos ocho años, con dos coletas y una margarita de adorno en cada una de ellas. Aquellas excursiones a la montaña los días de la tortilla o del entierro de la sardina, las clases de gimnasia al aire libre, en un descampado cercado que había al lado de la escuela porque no teníamos otro lugar dónde poder hacerlo. Las subidas a la montaña del Tibidabo dónde cuarenta niños se encaramaban al mismo árbol, el más grande y frondoso del camino. Las clases de mecanografía, con el característico sonido de las máquinas de escribir Underwood.

Recordamos a las profesoras que pasaron por allí, la Srta. Jovita, Amparo, Mercedes o Emilia entre otras. Curiosamente habían más profesoras, siéndole difícil encontrar docentes masculinos ya que cómo hemos comentado no tenía mucho prestigio la docencia por no estar bien remunerada. Tenía que poner anuncios en La Vanguardia y recuerda que llegaban de Huesca o Lérida para trabajar.

A pesar de sus ochenta y ocho años, conserva una mente lúcida. Hace ejercicio físico en un gimnasio, va a la playa, lee mucho y hace su siesta diaria. Se rodea de muchísimas personas diferentes para que cada uno le aporte experiencias y vivencias interesantes. Conocedor de toda la actualidad aporta su saber a cualquier tema, con moderación y conocimiento. No entiende el acoso escolar que viven tantos jóvenes. Me dice que él no lo hubiera permitido jamás en la escuela, y sé que tiene razón, nos protegía.. Recuerda como éramos, en su mente evoca aquellos niños que saltaban y jugaban a la mínima ocasión pero que conocía al dedillo. De mí me comenta: “…eras independiente, cuando no te gustaba el grupo te salias rápidamente, e ibas a tu bola…” Y así es !

Quiero quedarme con su última reflexión sobre nosotros : ¡Erais unos niños felices!

Habréis observado que no utilizo el tan denostado os-as para definir el sexo. Aprendí de mis profesoras que el genero en plural terminaba en os. Jamás me ofendió y sigue sin hacerlo.

La Academia Man-Par cerró sus puertas en el año 2000. Atrás quedaban cuarenta años al servicio de tantos y tantos niños de nuestro querido barrio.

Gracias “profe” por tanto que me enseñó, pero sobre todo gracias por su lección de vida… Eternamente su alumna.

Isabel Notó